Mis días en Camboya

Siento no haber escrito antes pero se debe a una buena causa: VACACIONES! He estado 9 días de viaje fuera de Indonesia, 5 de ellos en Camboya y los otros 4 en el sur de Vietnam. Aunque parezca mentira, sólo he tenido que coger 3 días de vacaciones ya que los otros 4 eran fines de semana además de los festivos Jueves Santo y Viernes Santo.

Como este viaje ha sido largo y podría contar muchas cosas, he decidido dividirlo en dos partes. Ésta es la primera de ellas y se refiere a la primera parte del viaje, mis días en Camboya. Días que por cierto viajé solo ya que no sería hasta Vietnam cuando me juntaría con gente de Jakarta.

Era mi primer viaje solo y la verdad es que tenía muchas ganas, aunque obviamente tampoco me habría importado hacerlo acompañado. A pesar de ser sólo durante 5 días, he podido ver mucho, he conocido a gente de todas partes y sobre todo he podido mezclarme con los locales y conocer mejor su cultura. También ha habido algún que otro susto y anécdotas varias. Así que ahí va, empezamos con Camboya.

Lo primero de todo, mapas. El primero, para situar dónde está Camboya respecto a Indonesia y el segundo, para ubicar las 2 ciudades que visité dentro del propio país.

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Camboya es un país muy pobre, lleno de vegetación y gente muy amable. A pesar de ser pequeño, podría haberme pasado allí meses recorriéndolo, pero tuve que ajustarme al tiempo que tenía y decidí visitar Siem Reap y la capital Phnom Penh, muy diferentes entre ellas pero ambas con mucho atractivo.

El viernes 11 por la tarde salí de Jakarta hacia Kuala Lumpur donde pasaría la noche en el aeropuerto. Al día siguiente, a eso de las 6.30 de la mañana horario malayo, cogí el vuelo a Siem Reap, Camboya. Nada más bajarme del avión ya pude percibir que el modestísimo aeropuerto estaba rodeado de selva. Cambié algunas rupias indonesias por la moneda local y fuera me encontré con un tipo del hostal que me estaba esperando con su tuk-tuk para llevarme gratis. Así por comentar, el hostal me costó menos de 2€ la noche y estaba bastante bien.

Calle del hostel

Calle del hostel

En mi mente había planeado ir a visitar esa misma mañana los templos de Angkor, pero entre una cosa y otra, me dieron las 11.30 de la mañana así que decidí dejarlo para el día siguiente y estuve recorriendo Siem Reap de arriba abajo todo el día. Es una ciudad muy bonita, bastante preparada para el turismo pero muy anclada en su propia cultura. Está muy cerca de los templos de Angkor, que es la atracción turística por excelencia del país. La religión nacional es el budismo y el idioma local el khmer, un idioma, a mi juicio, complicadísimo y con su propio alfabeto.

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El idioma de Camboya, como para entender algo

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Casi todas las casas y establecimientos tenían este templo en miniatura fuera

Casualmente, era el año nuevo allí, que por cierto dura 3 días. Por este motivo, la gente estaba de celebración, había muy buen rollo por las calles, por la noche había bastante fiesta (precios irrisorios una vez más, cubatas a menos de 1€, pintas de birra a 0.50€), bares abiertos hasta las tantas y la música khmer a todo volumen. Es una música que oí durante mis 5 días de estancia en el país continuamente, una especie de cumbia en el idioma local y que aunque en ocasiones llegara a taladrarte el cerebro, alegraba las calles.

Adornos de año nuevo khmer

Adornos de año nuevo khmer

La ciudad estaba atravesada por un río, exceptuando un par de calles muy principales el tráfico era bastante asequible y tranquilo, la gente estaba de buen humor y fuera de casa y el sol pegaba fuerte.

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Volviendo para casa me encontré con unos tíos que estaban practicando un deporte bastante curioso y hay que reconocer que no lo hacían nada mal. Hubo puntos mejores pero sólo grabé esto.

Vídeo deporte en la calle en Siem Reap

Por la noche, ya en el hostal y con la calma, compartiendo algunas cervezas con gente del hostal, un francés bohemio de 60 palos que se paseaba en pareo dejándonos ver al resto que no había un solo centímetro de su piel que no estuviera cubierto por una masa de pelo que podía ser peinada y todo, me recomendó al tío del tuk-tuk que había estado con él durante todo el día. Le llamó por teléfono y vino al hostal. Ahí fue cuando conocí a Mr. Bun, un tío de un pequeño pueblo de Camboya que sería mi driver durante los próximos 2 días. Su inglés abarcaba 50 palabras, pero lo suficiente para saber que era un tío humilde y honesto, que invertía casi todo el dinero que ganaba en que sus hijos pequeños pudieran aprender inglés y pudieran tener un futuro.

Camboya es un país con un pasado reciente extremadamente duro y triste. Este punto también fue clave en mi decisión de ir a Camboya. Por resumir brevemente, durante los años 70 tuvo lugar un genocidio en el que murieron más de 2 millones de habitantes de los 8 que tenía el país en ese momento. Es por ello, que todo el país sin excepción sufrió en mayor o menor medida los horrores de esa época, en la que se mataba y torturaba a la gente sin motivo alguno. Mr. Bun, el driver que me acompañaría mis días en Siem Reap, no sería una excepción. Cuando tenía 3 años, vio cómo mataron a su padre a base de golpes en el cuello y en la cabeza con un tronco de bambú. Yo por supuesto con la cara desencajada y con un nudo en el estómago descomunal. La verdad es que analizándole mejor durante los siguientes días, podías notar algo en su mirada, en su forma de hablar… igual era ya mi paranoia, pero creo que se podía sentir que estaba muy marcado y no me extraña.

Voy a cambiar de tema, que se me sigue removiendo la tripa sólo con recordarlo, aunque lo retomaré después por exigencias del guión. Os presento a Mr. Bun:

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Mr. Bun

 

Quedamos a las 5.30 de la mañana en el hostal (sí, muerte) para que me diera tiempo a hacer todos los templos posibles en un solo día. Angkor está lleno de templos, algunos, cerca y otros, no tanto. Si se hace en bici es un recorrido increíble, pero podrías ver 2 ó 3 en un día. Yo me planteé ver 9, famosos y no tan famosos, unos plagados de turistas y otros en mitad de la selva en los que estabas tú solo. Simplemente espectacular. A diferencia de la mayoría de los tuk-tuk drivers de Siem Reap, Mr. Bun había nacido, crecido e incluso vivía en la actualidad con su mujer y sus hijos en el mismo pueblo, un pueblo perdido entre los propios templos así que conocía los mejores lugares y caminos, y desde luego sus consejos valían oro.

Había 2 tipos de tickets para los templos: el pase de un día (20$) o para 3 días (40$). Económicamente estaba bien pensado porque Angkor exige un mínimo de 2 días. Sin embargo, si vas justo de tiempo como yo y no te importa ver, visitar, recorrer, patear, trepar, investigar y descubrir los templos con un calor infernal y un sol de justicia además de ir con Mr. Bun como driver, todo es posible.

Gracias a él, evité tumultos (aunque deshacerse de los chinos es impensable a ratos), descubrí sitios que no se visitan, vi atardecer encima de uno de los templos más altos, estuve comiendo en la casa de una señora en un pueblo recóndito por 0,25€ un plato que a primera vista pensé que me daría la diarrea de mi vida y que resultó ser una maravilla y pude tener unas conversaciones, a pesar del poco nivel de inglés de Mr. Bun, muy interesantes.

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El caballo que no dejó de seguirme hasta que la cuerda se lo impidió

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Amaneciendo en Angkor

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El templo de las caras

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Vistas desde arriba del templo

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La turistada

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Segundos antes de que la vaca saliera disparada a por mí mientras unas japonesas gritaban “cuidado! que vas de rojo!”

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Estaba yo mirando los pedazo de panales del árbol cuando de repente oí detras de mí “begira erleak”, que viene a ser “mira las abejas” en euskera. No daba crédito. Me había ido a la parte de atrás del todo del templo donde no había nadie y de repente oí euskera! Me giré y me encontré una familia con dos niños pequeños de Donosti. Fue surrealista estar hablando un rato con ellos en euskera en mitad de la selva camboyana, precisamente en el templo donde Angelina Jolie había rodado Tomb Raider años atrás.
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Yendo a comer

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La famosa sopa de los 25 céntimos

 

Templo altísimo y con escalones complicados. Con la solana costaba todavía más subirlos. A falta de 2 escalones para llegar arriba del todo y poder entrar en una mini capilla budista, me di cuenta que la única puerta de entrada y salida estaba custodiada por un enjambre de avispas negras gigantes. No me lo pensé, crucé rápidamente y entré. Desde dentro podía verlas en la puerta, revoloteando, pero no entraban, simplemente estaban ahí para recordarte que sí o sí, si quería salir de allí tenía que encontrarme con ellas. Además no podía salir corriendo directamente porque debido a la forma de los escalones había que hacerlo con cuidado. No me quedaron más h.. que salir como si no pasara nada mientras se me posaban. Reconozco que tardé mis 5 minutos en salir. Las avispas, y más de ese tamaño, y yo nunca nos hemos llevado muy bien. Ni una picadura oiga!

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Se ve que cuesta subir y bajar los escalones

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En algunos de los templos había este tipo de capillas, aunque no es la del templo de los escalones

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Paseo por los alrededores de uno de los templos más alejados

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El templo desde el que vi atardecer

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Las vistas desde el templo

 

Llegué a eso de las 7 de la tarde al hostal, agotado no, lo siguiente, pero con la satisfacción de saber que había aprovechado el día. Por la noche, cena en el meollo de la ciudad y un par de cervezas con gente del hostal y a la cama, que al día siguiente me esperaba también madrugón. Había quedado con Mr. Bun a eso de las 7 en el hostel.

Primera parada el lago en el que finaliza el famoso río Mekong, en el que entre otras cosas hay poblados flotantes. Gente que literalmente tiene sus casas flotando en medio de un lago, lleno de porquería por cierto ya que era la época seca amén de que toda la mierda de los habitantes de los poblados flotantes acababa ahí. Eso sí, eso no les impedía “disfrutar” de un baño.

Para ser Camboya, era caro de coj… 25$ porque te llevaran en barco a ver el pueblo flotante. Por suerte o por desgracia tenía un barco para mí solo, coincidencias del momento. Digo barco porque entraban como 30 personas, así que era bastante grande. Ahí iba yo, cruzándome por el camino con barcos plagados de turistas que me miraban como diciendo… por qué este tío tiene un barco para él solo y yo voy aquí hacinado pasando el botxorno del año? Además del tío que conducía el barco, quien no se dignó ni a mirarme, estaba un txabal de unos 20 años que vivía en el propio pueblo flotante y me hacía de guía contándome cosas. También me contó no sé qué de un tifón que había arrasado por la zona y que había 122 huérfanos viviendo en una escuela (flotante también para variar). Me preguntó a ver si no me importaba parar en el mercado-tienda (cómo no, flotante) para que yo comprara arroz y se lo pudiera dar luego a los niños cuando paráramos en la escuela. Me dijo que un kilo de arroz costaba 1 mísero dólar así que me pareció una buena idea.

Desembarqué en el mercado-tienda, fue poner un pie en él y los 7 locales dejaron todo lo que estaban haciendo y me miraron fijamente. La verdad es que unas puertas estilo saloon del far west y unos borrachos jugando a cartas no habrían sobrado para nada. Me sorprendió pero lo achaqué a cualquier otra cosa. Pronto se resolvió el misterio. Uno de ellos se acercó a mí amablemente y me preguntó si quería comprar arroz para los huérfanos con un inglés sorprendentemente digno (muy mala señal) y llevárselo yo mismo. Le dije que sí a lo que rápidamente contestó con una frase que oiría 10 veces más durante los escasos minutos que estuve dentro de la tienda: “50kg, 50$”. Yo que todavía me estaba recuperando del susto de los 25$ del barco, miré la terrible situación de mi cartera y le dije “ponme 2” como si estuviera en la carnicería. El tío insistía que tenían que ser 50kg/50$ porque los sacos venían de 50 en 50. Le dije que no tenía más pero que mis 2$ junto con los $$$ de los siguientes alcanzarían para el famoso saco de los 50kg. A lo que cual robot programado me contestó otra vez con el tema del puto saco de los 50kg. Sí, ya había evolucionado en mi cabeza de saco de arroz a puto saco de arroz. Como ya me estaba tocando un poco la moral, le pregunté a ver cuál era el objetivo aquí, si sacar pasta o dar de comer a los niños. Y ahí sí que se hizo el silencio sepulcral, incluso el resto de figurantes de la escena dejaron repentinamente de hacer lo que fuera que estaban haciendo (es decir, también sabían bien inglés). Su cara de póker fue más que suficiente para que me diera la vuelta, saltara al barco y me fuera por donde había venido.

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La escuela de los huérfanos (católica por cierto)

Obviamente no pude ir a la escuela a darles arroz a los niños, me habían vetado la entrada. A cambio me llevaron a una granja de cocodrilos (efectivamente, era flotante). Cocodrilos pequeños he de decir comparados con los que había detrás del muro de mi habitación del hostal. Es un pequeño detalle que se me había escapado. Me dio por mirar por un agujero pequeñísimo que había en ese muro y para mi sorpresa descubrí que detrás de él había unos cocodrilos de unos 5 metros de largo. Imagino que sería una granja clandestina de cocodrilos por el negocio de la piel de cocodrilo que por desgracia se lleva bastante en Camboya.

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La granja de los cocodrilos

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Así acabarían desafortunadamente

Por el camino de vuelta vi una montaña no muy alta, le pedí a Mr. Bun que parara y ahí que me subí. Había unas escaleras bastante curiosas que terminaban en una puerta muy oriental. Desde ahí seguí subiendo hasta que llegué arriba. Había alguna familia como de picnic por el año nuevo y unas vistas espectaculares.

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Subiendo las escaleras a la montaña

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De vuelta en la ciudad vi algún templo budista que me había quedado pendiente y un monumento recordatorio para las víctimas de los campos de exterminio que tenían en la época. En Camboya no se andan con tonterías y el monumento estaba lleno de calaveras de los que murieron. Impactante la verdad, pero lo que me quedaba por ver.

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Dentro de una pagoda al lado del monumento a las víctimas

Mr. Bun intentaba llevarme a sitios de la ciudad pero no me convencían mucho, así que intenté explicarle de mil formas que quería ver verde, un poco de naturaleza, hacer un poco de trekking por lo rural. Finalmente lo entendió, de hecho lo entendió a la perfección. Pasar corriendo entre búfalos fue uno de los precios a pagar. Uno de ellos me siguió unos segundos protegiendo a la cría en lo que fue otro de los momentos de pánico del viaje. Pasado está y lo recuerdo como algo divertido, pero en su momento corrí como si no hubiera mañana mientras los agricultores se morían de la risa viéndome.

Así que con la vaca, el caballo, el búfalo y las avispas gigantes di por cerrada mi lista de animales que te pueden perseguir en Camboya. Los monos, los cocodrilos y los elefantes, menos mal, tuvieron el detalle de quedarse en su sitio.

También encontré una casa perdida en mitad de campos de arroz en la que una familia comía y juagaba a cartas. Me ofrecieron agua (sé que fue imprudente por mi parte pero literalmente me moría de sed) y que me sentara con ellos.  A diferencia de Indonesia, los camboyanos no se asombran por ver a alguien extranjero, pero sí tienen la misma hospitalidad. Como siempre me ofrecieron lo poco que tenían. Me quedé con ellos un rato, aunque ellos sólo sabían decir hello en inglés y yo sólo sabía decir hola, gracias, sí, no y feliz año nuevo en khmer (el idioma de Camboya).

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La familia camboyana

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No es el búfalo que me persiguió, el mío andaba suelto

A las 12 de la noche cogí el bus que me llevó a Phnom-Penh. Mi nombre no estaba en la lista a pesar de haber pagado mi ticket dos días antes y me hicieron dar más vueltas que a un tonto. Pero bueno, quedó solucionado. Cuando finalmente me asignaron el autobús y estaba esperando fuera, se me acercó una australiana y su primera frase fue: “hola, podemos compartir la cama?” Tranquilos, tenía su explicación. El bus estaba hecho de minicamas que compartes con un khmer (camboyano) desconocido, sudoroso y que ronca descomunalmente. Así me lo describió ella que ya había tenido esa experiencia unos días antes y no quería repetir. Yo ni siquiera sabía que el bus tenía camas. El pasillo que separaba las hileras de camas era extremadamente estrecho y había dos pisos de camas a cada lado. Nada apto para claustrofóbicos. Cada “compartimento” tenía una cortina que cubría únicamente la mitad de cama. Teníamos una minipantalla con videoclips camboyanos (todos de la cumbia camboyana que he dicho antes) y después de charlar un rato nos quedamos dormidos. Los baches de las carreteras camboyanas clínicamente calculados cada 10 segundos no te dejaban dormir profundamente pero se puede decir que dormí hasta que me despertó la australiana gritando: “Mikel! Me lo han robado todo!”

Yo que todavía estaba medio dormido y con el cuello fuera de su sitio, tardé unos segundos en darme cuenta quién era ella, dónde estaba yo y qué estaba pasando. Mi reacción, mirar mis cosas. INTACTAS. Su bolsa en la que tenía todo apareció en una cama vacía. Faltaban 100$ y su móvil. De repente todos los camboyanos que nos rodeaban se pusieron a discutir entre ellos, imagino que decidiendo quién había ocupado esa cama durante el viaje y ya no estaba. Recuerdo que todo esto estaba sucediendo recién despertados, en un pasillo en el que apenas cabías de perfil y el olor exagerado a pies llegaba a nublarte la vista.

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Vale que pusiera que anduvieras con cuidado con tus pertenencias pero..

Llegamos al destino, nos fuimos a desayunar y le dejé mi móvil para que cancelara su móvil, cambiara contraseñas, cosas de sus tarjetas y demás y nos fuimos a buscar mi hostal. Yo sólo quería ducharme. Allí conocimos a otro chico inglés y los 3 nos fuimos a ver la prisión de la calle 21. Una prisión, que ahora se puede visitar como un museo en la que fueron torturados hasta la muerte en condiciones infrahumanas entre 14.000 y 20.000 personas. Acojonante. Sólo hubo 7 supervivientes de toda la gente que pasó por allí. Cuando los seguidores de Pol Pot (el cabecilla de todo este genocidio) abandonaron la cárcel, se encontraron 14 cadáveres que ahora están enterrados en el patio de la propia prisión.

Para que os hagáis una idea, el país es muy pobre hoy en día pero durante aquellos años lo era todavía más. Tener armas de fuego suponía un coste que no se podían permitir así que los métodos de tortura y muertes eran simplemente terroríficos. Desde los golpes  con el tronco de bambú que he dicho antes, degollar lentamente con las hojas de las palmeras, encerrar en bidones metálicos bajo el sol y maniatados durante horas hasta que la persona caía inconsciente, le echaban agua putrefacta encima para que recuperara la consciencia y volver a torturarle del mismo modo, cortes con metales oxidados en la pierna hasta la tibia a la que luego echaban sal… y un sinfín de locuras que te dejan con el peor de los sabores en la boca.

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Algunas de las víctimas de la prisión

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Los 7 únicos supervivientes de las 20.000 personas que pasaron por allí

Despedimos a Justine, la australiana, que tenía que coger un avión a Singapur (menos mal que no le robaron el pasaporte) y me fui con el inglés a unos 15 km fuera de la ciudad a ver uno de los cientos de campos de exterminio que hay desperdigados por todo el país, en el que les tenían trabajando recogiendo arroz todo el día y matándoles sin ningún tipo de motivo. A pesar de saber lo que sucedió allí hace no tanto, el sitio es muy bonito, está bien conservado y se ve que se toman en serio la memoria de todas las víctimas. Continuamente se ven pancartas recordando que un genocidio puede suceder en cualquier lugar del mundo, que los motivos son irracionales (nada puede justificar algo así) e intentan educar a las nuevas generaciones dándoles a conocer todo lo sucedido y manteniendo de la forma más explícita posible lo que por desgracia sufrieron millones de personas.

La audioguía es mi mayor consejo para este campo. Muy bien explicado, con testimonios de víctimas y con detalles espeluznantes. Cada parada de la audioguía a lo largo del campo es fundamental para meterte todavía más en situación, indagar en la terrible historia que esconde ese trozo de tierra que a día de hoy parece un lugar de paz y escuchar incluso la grabación de lo último que oía una persona antes de ser asesinada: el ruido de un motor y una música camboyana tradicional a todo volumen para evitar que se escucharan los gritos agonizantes de los que estaban muriendo o a punto de morir.

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El árbol contra el que golpeaban a los bebés cogiéndoles de las piernas hasta que morían

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Pulseras amarradas a la valla que rodeaba una fosa común de mujeres

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Monumento a las víctimas del campo donde se encontraban los cráneos y otros huesos

Por la noche para variar, un poco de cerveceo y pronto para la cama que al día siguiente quería patearme todo Phnom Penh. A la mañana me despedí del inglés que se iba a otra zona de Camboya y me fui a recorrer la ciudad. A diferencia de Siem Reap, estaba bastante sucia, llena de basura y no estaba muy llena porque con el año nuevo khmer mucha gente se había ido con sus familias a los pueblos de los que procedían. Así que se respiraba tranquilidad, salvo por algún grupo de turistas chinos.

Por la mañana visité un parque en el que había un templo y que estaba muy animado. Al parecer la gente va allí a encontrarse con los amigos o a comer con la familia. No sé si era por el año nuevo, pero hacían juegos muy tontos de parejas como si fuesen niños, pero se reían como locos y se lo pasaban genial. Estuve un rato viéndoles.

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Los juegos en el parque

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La humillación del eliminado

Paseo por el río, más pagodas, callejuelas con ratas, callejuelas sin ratas, parques, monumentos y el SOLAZO. Dios, qué calor.

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Cuando ya no había más que ver fui al parque de la mañana para ver si seguía animado. Para mi sorpresa, había un concierto en el que la gente salía a cantar las cumbias camboyanas estas. Había como 1000 personas, muchas de ellas bailando no muy sincronizadamente dando vueltas a un árbol enorme. De verdad, que eso es felicidad. Todos riéndose, bailando. Ahí estuve mirando un rato con todos los que no bailaban. Qué pasaba? Que yo era el único no camboyano de entre las 1000 personas y no tardé mucho en empezar a despertar la curiosidad de la gente. Alguno me preguntaba cómo me llamaba, de dónde era… hasta que llegó la pregunta: y tú por que no bailas? Pues eso, que en unos segundos me vi bailando dando vueltas a un árbol rodeado de camboyanos a plena luz del día. Sólo tenía que imitarles, la verdad es que no parecía muy complicado. Me eché unas buenas risas la verdad.

Vídeo del baile en Phnom Penh

Me quedaban 3 horas en Camboya antes de coger el autobús que me llevaría a Vietnam. Para matar el tiempo decidí entrar en un sitio a que me dieran un masaje, que tenía el cuello para Tudela después de dormir en el suelo del aeropuerto, el bus de la muerte y cargar con el mochilón. Pagué unos 15€ por hora y media de masaje (caro para Camboya) pero es que el sitio merecía la pena. La atención, el servicio, la decoración… para entrar en mi sala tenía que cruzar un estanque de piedra en piedra, todo muy zen la verdad.

El bus que me llevaría a Vietnam resultó ser otra variedad de bus cama, algo mejor pero un poco turbio también. Por suerte, no tuve que compartir con nadie y pude dormir bien estirado. Cruzar la frontera entre Camboya y Vietnam fue una auténtica odisea pero eso lo dejo para el siguiente post, el de Vietnam.

En resumen, viaje de 5 días, que no son muchos, a Camboya en el que he podido conocer gente de muchos países, abrirme todo lo que he podido a la cultura local y conocer mejor la historia del país. Una historia por desgracia trágica y que he querido compartir ya que no sé si es por mi edad pero me da la sensación de que no es tan conocida como debería. Para el que esté interesado recomiendo una película “The Killing Fields” basada en una historia real y que además de estar muy bien refleja desde la perspectiva de unos periodistas el conflicto camboyano de los años 70. Es un poco vieja, John Malcovich tiene pelo y todo.

Como souvenir, además de una experiencia increíble, me llevo un libro que le compré a una señora en Phnom Penh. El libro se llama “First they killed my father” (Primero mataron a mi padre), así que os podéis imaginar de qué va. Trata la historia de una niña camboyana y de cómo vivió el genocidio. Es un libro muy conocido y que mucha gente que conocí en mi camino me recomendó.

Pronto volveré con más noticias. Me despido ya.

Los días que pasé en Vietnam, se encuentran recogidos en el post Ho Chi Minh City, Vietnam.

Eskerrik asko irakurtzeagatik, batez ere post hau, luzeegi geratu baitzait. Besarkada handi bat Indonesiatik ta hurrengora arte!

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15 comentarios en “Mis días en Camboya

      • Buenas bilbotikurrun,

        Felicitarte por tu blog, increíble y facilita mucha información, la cual, sin duda alguna seguiré.
        Una pregunta bilbotikurrun, como podría contactar con tu driver Mr, BUN en Camboya.

        Gracias.

        Isaac.

        isannacm@gmail.com

      • Hola Isaac,

        Lo primero agradecerte mucho tus palabras. Me alegra comprobar que la información es útil para los demás. Camboya me encantó, te felicito por tu elección.
        Pues hace ya un año y medio de aquel viaje.. y al cambiar de móvil perdí el contacto de Mr. Bum. Es una pena porque era un tipo muy honesto y sincero. En cualquier caso, estoy seguro que encuentras a personas que te ayuden en tu viaje, por mi experiencia la gente de Camboya es muy amable. Saludos y disfruta del viaje! 🙂

  1. Pingback: Ho Chi Minh City, Vietnam | Bilbotik Urrun

  2. ke recuerdos Camboya!! me encantó!! Angkor fue lo más! Siam Reip se me hizo corto y estuvimos 7 noches! En Phon Phen me robaron el bolso unos adolescentes en moto, con una suavidad ke ni me enteré! luego tuve ke poner denuncia y para tramitarla sobornar al guardia ke me dijo ke si no le pagaba se echaba la siesta, todo esto entre risas ke me cayó hasta bien el camboyano corrupto! jajajajajaja

    • jaja! veo que a ti también se te complican los viajes. Pues en Camboya yo me fié de todo el mundo, fue al pasar a Vietnam donde vi los tirones de bolso desde motos de los que hablas. Pero lo que cuentas suena muy a sureste asiático. Gracias por leer y comentar Maite.
      PD: menudo nombre has escogido, anda que no me he reído! 🙂

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